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CARLOS "MALO"
 

Conocí a Ernesto el del Cesto hace muchos años, el momento casi se pierde en mi memoria. Fue en un grupo de bollicaos, en el que compartimos grandes momentos. Entonces era introvertido, pero tenía unas salidas que eran para partirse la caja.


 

Años después, en un campamento en el Valle del Jerte, estuvo días y días sin hilar una conversación larga conmigo pero hubo dos momentos inolvidables: Cuando metió el pie al río y dijo \"cagüensusmuertos\" y cuando tras preguntar a todos y buscar las pinzas de Rodolfo durante una hora, al fin las descubrimos...sosteniendo su colada. En fin, esas anécdotas reflejan como le veía entonces. Años después, fuimos monitores del mismo grupo de bollicaos y me demostró que, tras esa apariencia seria y tranquila, se escondía un gran potencial creativo y además un currante. No se si fue entonces cuando empecé a salir a escalar con él pero recuerdo que el bautismo en la tapia me lo dio en Patones. Desde entonces fui su compañero de cordada, no el úni!
co en su vida, porque ha habido muchos otros y mejores que yo, pero cuando escalaba con él, el mundo se convertía en dos almas y una cuerda. Así pude entender su pasión por buscar un sueño en la vertical, por encontrar ese espacio en la montaña en el que uno se funde con la naturaleza y a la vez se puede sentir muy grande y muy pequeño.
Tras todo este tiempo sin él, escalar cuesta un poco más, quizá por el peso de la nostalgia. Aún así sigo subiendo porque creo que estará conmigo en todas las cumbres, que desde aquel día de mayo le dedico.
Hace poco estuve en la Cuarta Torre, la más alta, viendo tu buzón. Demuestra que todos los que te conocieron se esfuerzan por honrar tu memoria. Bravo por ellos. Ese día sólo pude escribirte unas palabras, no me salía más. Ahora quiero dedicarte otras, menos espontáneas sí, pero quería hacerte un merecido homenaje. Pronto las trasladaré a la libreta. Espero que no te importe. Antes de acabar, me gustaría pedirte algo: Si puedes hacer algo allá donde estés, haz que nunca surjan recelos ni malos sentimientos entre los que te conocimos, porque si sucede, es que no entendimos nada.


Cuéntame el final de este sueño, en el que el mudo pregunta al ciego el color de las palabras o del cielo de Guadarrama, tan lleno de tu risa, compañero.
Despiértame como lo hace el sol, vamos a pie de vía, muéstrame el sendero. Yo llevaré la carga, te has ganado mi respeto. Hoy me falta confianza, te toca otra vez de primero.
Ya hemos subido unos metros. Descansando en la reunión, contemplamos a lo lejos un puñado de personas. Miro las agujas, me siento pequeño.
Retomamos la ascensión. Ya no se distinguen los robles ni los piornos ni los brezos. La bruma entra en el valle y arropa en una caricia al bosque y al arroyo. Se va anunciando la noche y nos mete esa prisa que se quedó aparcada en el Foro.
Por aquí iréis mejor, suena el viento en la montaña, os he guardado sitio en la cumbre. Ya nos queda muy poco, sólo un gran diedro, el escote de la dama. Subes rozándolo apenas y la montaña se ruboriza con el sol que ya se oculta.
Allá arriba sólo tenemos un manto de estrellas y apenas nos vemos las caras. Se adivina en la tuya una sonrisa. Rapelo primero, quieres un momento a solas con la montaña. ¿Le contarás esta vez cuánto la amas?...
Sigues abriendo una vía, la más larga.
Vas camino de la cumbre, vuela compañero, vuela.

Carlos.


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